Los camiones de la vergüenza

No están a la altura. Ni de la legislación aprobada en les Corts, ni de los parámetros europeos, ni de sus propios compromisos ni, sobre todo, de los ciudadanos. La ineficacia de la Generalitat y la Diputación en la gestión de los residuos alcanza cotas de gravedad que no nos merecemos. Cualquier día, los municipios alicantinos que hoy reciben nuestras basuras se plantarán. Las reciben clandestinamente. Las reciben porque, incumpliéndolo todo, en esta provincia de Castellón no se han hecho los deberes. Ni han invertido recursos ni han tramitado con diligencia y responsabilidad la burocracia necesaria para disponer de las autorizaciones imprescindibles en un estado de derecho. La incertidumbre y el cambalache se adueñaron del panorama durante años. Es el triste balance que presenta un equipo político agotado de incumplir y de buscar culpables en todas partes menos donde toca: en su casa, en sus competencias propias, en su responsabilidad indelegable. Aquí no cuela inventar enemigos foráneos, ni mentar a Zapatero, ni a los catalanes, ni… En 1997 aprobaron un Plan Integral de Residuos y contaron con las mayorías absolutas para ejercer sus obligaciones sin traba ninguna. Es más, incluso contaron hasta con la voluntad de consenso de los socialistas que, dicho sea de paso, han albergado en sus términos municipales la mayoría de las plantas y vertederos hasta el momento. Una voluntad soportada con una dosis infinita de paciencia y responsabilidad.

Nuestro deseo es que la crónica de esta historia finalizara en un desenlace distinto al rumbo que siguen tomando los acontecimientos. La quietud y la nulidad en la gestión continúan dictando el curso de las cosas. Esta es una realidad que tiene poco de inocente. La ineficacia resulta cara. Carísima. Lo saben y padecen todos aquellos pueblos que sufren el incremento de sus tasas de basura porque, ahora, el coste añadido del transporte a centenares de kilómetros, lo paga la gente. Es decir, su morosidad la paga la gente. Su desidia repercute en los bolsillos de las familias.

Si hubiesen realizado todas las infraestructuras contempladas en los planes oficiales y desplegado todos los instrumentos de gestión fijados en la ley, las cosas serían bien distintas. Lamentablemente, el tiempo les ha atrapado y pagamos los platos rotos. Los camiones de basura de la provincia de Castellón cruzan con nocturnidad de norte a sur buscando cobijo en otras tierras, pagando sobrecostes intolerables. Ese es el saldo que nos queda tras 15 años de gobierno conservador. La Generalitat ha ignorado nuestros intereses y nuestros derechos. En este tiempo, no han faltado anuncios tan espectaculares como ficticios. Véase el caso de Mundo Ilusión o todos los campos de golf que iban a brotar por toda la provincia, etc. Pero la verdad es que, en lo fundamental, en lo básico, en aquello que los gobiernos no pueden ni deben fallar, el vacío resulta desolador.

Hemos vivido un tiempo de codicia desmedida y de excesos indecentes. Esta Comunidad no se gobierna desde un Ferrari. Mucho menos Castellón. Camps se gastó más un fin de semana en la ciudad de Valencia acondicionando el circuito de la Fórmula 1 que todas sus consellerías durante todo el año en toda la provincia de Castellón. Con esa hoja de servicio, poco podemos esperar.

Cualquier día de estos los camiones de basura no podrán salir de la provincia porque ya no se soportará más esta situación vergonzante. En el último pleno de la Diputación, los socialistas le preguntamos al PP si tiene pensada alguna estrategia alternativa en medio de su naufragio. Para variar, se hizo el silencio. La nada. Como en la historia interminable, la nada avanzaba inmisericorde acabando con todo, con la esperanza, con el futuro… Aquí la nada cruje la seriedad institucional de un poder desprovisto de reflejos y de iniciativas. Un poder ciertamente agotado que reclama a gritos un cambio. La crisis de las basuras es uno de los ejemplos más evidentes de la responsabilidad extraviada, de la ineficacia de la gestión de lo básico. La prueba del algodón del final de un ciclo. 15 años perdidos.

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